Nos encontramos exactamente a un mes del final del año litúrgico. Decir final de algo, especialmente si hablamos de la vida, conlleva casi inevitablemente el ejercicio de comenzar a hacernos preguntas. A propósito de ello, el evangelio de este domingo trae consigo una pregunta fundamental que, si bien no nace del deseo genuino de un fariseo por conocer lo más importante de lo que contiene la Ley, es ocasión propicia para Jesús señalar aquello de lo cual pende toda ella: el amor.
El amor a Dios sobre todas las cosas, sin reserva, y al prójimo como a uno mismo. Ya decía San Juan de la Cruz en sus Dichos de amor y luz que “al final de la vida se nos examinará en el amor”. Es decir, se nos examinará en nuestras relaciones, desde dónde hemos forjado nuestros vínculos, con Dios, conmigo mismo y, por consiguiente, con los demás.
Así, tanto la primera como la segunda lectura de este domingo son, por así decirlo, el retrato hablado sobre cómo han de establecerse nuestras relaciones con el prójimo desde el amor. Un amor que es exigente y radical —¡qué amor auténtico no lo es! —como la misma encarnación de Dios en nuestra historia humana.
Fr. Ramón Alberto Núñez Holguín O.P.
