Somos un grupo parroquial que nos reunimos regularmente para orar y crecer en el seguimiento de Jesús.
Compartimos un tiempo de oración abierto a toda persona que busque un espacio para rezar comunitariamente.
Nos reunimos, de octubre a mayo, el tercer viernes de cada mes a las 17:30 h.
El documento de referencia será la Catequesis del Papa Francisco sobre la oración.
Viernes, 16 de octubre
La oración es como un grito que sale del
corazón
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy comenzamos un nuevo ciclo de
catequesis sobre el tema de la oración. La oración es el aliento de la fe, es
su expresión más adecuada. Como un grito que sale del corazón de los que creen
y se confían a Dios.
Pensemos en la historia de Bartimeo,
un personaje del Evangelio. Era ciego y se sentaba a mendigar al borde del
camino en las afueras de su ciudad, Jericó. No es un personaje anónimo, tiene
un rostro, un nombre: Bartimeo. Un día oye que Jesús pasaría por allí.
Efectivamente, Jericó era un cruce de caminos de personas, continuamente
atravesada por peregrinos y mercaderes. Entonces Bartimeo se pone a la espera:
hará todo lo posible para encontrar a Jesús. Mucha gente hacía lo mismo,
recordemos a Zaqueo, que se subió a un árbol. Muchos querían ver a Jesús, él
también.
Este hombre entra, pues, en los
Evangelios como una voz que grita a pleno pulmón. No ve; no sabe si Jesús está
cerca o lejos, pero lo siente, lo percibe por la multitud, que en un momento
dado aumenta y se avecina... Pero está completamente solo, y a nadie le
importa.
¿Y qué hace Bartimeo? Grita. Y sigue
gritando. Utiliza la única arma que tiene: su voz. Empieza a gritar: «¡Hijo de
David, Jesús, ten compasión de mí!».
Jesús le dice: «Vete, tu fe te ha
salvado» Le reconoce a ese hombre pobre, inerme y despreciado todo el poder de
su fe, que atrae la misericordia y el poder de Dios. La fe es tener las dos
manos levantadas, una voz que clama para implorar el don de la salvación. El
Catecismo afirma que «la humildad es la base de la
oración». La oración nace de la
tierra, del humus —del que deriva “humilde”, “humildad”—; viene de nuestro
estado de precariedad, de nuestra constante sed
de Dios.
La fe, como hemos visto en Bartimeo,
es un grito; la no fe es sofocar ese grito. Esa actitud que tenía la gente para
que se callara: no era gente de fe, en cambio, él sí. Sofocar ese grito es una
especie de “ley del silencio”. La fe es una protesta contra una condición
dolorosa de la cual no entendemos la razón; la no fe es limitarse a
sufrir una situación a la cual nos
hemos adaptado. La fe es la esperanza de ser salvado; la no fe es acostumbrarse
al mal que nos oprime y seguir así.
Queridos hermanos y hermanas,
empezamos esta serie de catequesis con el grito de Bartimeo, porque quizás en
una figura como la suya ya está escrito todo. Bartimeo es un hombre
perseverante. Alrededor de él había gente que explicaba que implorar era inútil,
que era un vocear sin respuesta, que era ruido que molestaba y basta, que por
favor dejase de gritar: pero él no se quedó callado. Y al final consiguió lo
que quería.
Más fuerte que cualquier argumento en
contra, en el corazón de un hombre hay una voz que invoca. Todos tenemos esta
voz dentro. Una voz que brota espontáneamente, sin que nadie la mande, una voz
que se interroga sobre el sentido de nuestro camino aquí abajo, especialmente
cuando nos encontramos en la oscuridad: “¡Jesús, ten compasión de mí! ¡Jesús,
ten compasión mí!”. Hermosa oración, ésta.
Pero ¿acaso estas palabras no están
esculpidas en la creación entera? Todo invoca y suplica para que el misterio de
la misericordia encuentre su cumplimiento definitivo.
No rezan sólo los cristianos:
comparten el grito de la oración con todos los hombres y las mujeres. Pero el
horizonte todavía puede ampliarse: Pablo dice que toda la creación «gime y
sufre los dolores del parto».
Los artistas se hacen a menudo
intérpretes de este grito silencioso de la creación, que pulsa en toda criatura
y emerge sobre todo en el corazón del hombre, porque el hombre es un “mendigo
de Dios”. Hermosa definición del hombre: “mendigo de Dios”.
Gracias.
Preguntas para reflexionar sobre el evangelio del ciego Bartimeo (Marcos 10, 46-52).
- ¿En qué aspecto de tu vida te sientes sentado al borde del camino, inactivo o esperando que la vida simplemente pase como le pasaba a Bartimeo?
- ¿Cuáles son esos ruidos o distracciones a tu alrededor que te impiden escuchar que Jesús está pasando cerca de ti?
- Cuando la multitud intentaba callar a Bartimeo, él gritó con más fuerza. ¿Qué te silencia a ti o qué obstáculos te apartan de buscar a Dios con perseverancia?
- ¿Cuál es tu propio grito de auxilio («¡Jesús, ten compasión de mí!») en este momento de tu vida?
- Jesús le pregunta a Bartimeo: «¿Qué quieres que haga por ti?». Si Jesús te hiciera esa misma pregunta hoy, ¿qué le responderías desde el fondo de tu corazón?
- Bartimeo arrojó su manto (su única seguridad o su vieja vida de mendigo) para levantarse e ir hacia Jesús. ¿A qué "manto" o comodidad necesitas renunciar para seguir al Señor con libertad?
- Una vez sanado, el evangelio dice que Bartimeo siguió a Jesús por el camino. ¿Qué significa para ti seguir a Jesús en tu caminar diario después de recibir su gracia?
